Capítulo 10: Layla.

“Layla” era el nombre de la abuela de Karma, la mujer les invitó a pasar, guiándolos al frente mientras caminaba tambaleándose con el bastón.

Karma no se había separado de lado de ella, se tomaba de su Kimono y velaba por su andar con un cuidado que Nagisa admitía le daba un poco de celos.

¿No es muy joven para ser abuela?—Dice Nagisa, sin haber quitado la mirada del menor.

Los yatos envejecen de forma diferente a un humano, ya deberías saberlo—Le replicó, mirando de forma desinteresada el reloj en su muñeca.

—No tengo palabras para expresar la gran alegría que me han dado al traer a Karma—Decía la mujer, llegando al final del corredor donde había una gran puerta—así que me tome la libertad de hacer una pequeña cena como gesto de agradecimiento.

—Oh, no debió molestarse—Decía Asano de forma educada mientras Nagisa sonreía con cierta pena.

—Por favor no fue una molestia, es agradable comer en compañía—Con una mano abrió las puertas de lo que sería la sala.

Asano y Nagisa quedaron de piedra ante la imagen de la “pequeña cena”, era una enorme mesa llena de grandes platos de comida, copas exorbitantes de jugo, y un cerdo que parecía hipopótamo, asado y en medio de todos los platillos.

—Lamento si es poco, el dinero no me sobra hoy en día—Decía apenada bajo las miradas de estupefacción del par—entonces, Asano kun—empezaba tomando asiento y con los palillos agarrando una exuberante pierna de pollo frita—¿Quien es tú amigo?

—Ah lo lamento. Éste es Nagisa Shiota, el joven que cuidó de su nieto estos últimos meses—Decía para después tomar un sorbo del jugo, era increíble que no dejara de emanar clase pese a la enorme copa de vidrio que sostenía.

—Me da gusto conocerla—Dijo sonriéndole a la mujer.

Meses eh… ¿Realmente  había pasado tanto tiempo? Miró de reojo a Karma que encantado devoraba un estofado de cerdo con la alegría plasmada en sus ojos.

—¡El gusto es mío! Estoy feliz de que alguien tan bueno encontrara a mi nieto—La mujer le sonrió dichosa luciendo tan hermosa que le hacía difícil creer que en verdad fuera abuela.

Por muy amable y cariñosa que fuera la mujer, aún había algo que no terminaba de convencer a Nagisa pero ¿Cómo decirlo en palabras sin sonar impertinente?

—Abuela ¿Dónde estabas? Me la pasé bastante mal en manos de unos tipejos ¿Sabías?—Soltó Karma sin ningún pelo en la lengua.

Asano casi se ahoga con el pollo y Nagisa quedó paralizado ¿Cómo podía ser tan inconsciente? La mujer sin embargo sólo se mostró un poco deprimida.

—Una mafia también me compró. Y estuve forzada a trabajar para ellos durante mucho tiempo hasta que dejé de ser útil, por fortuna Asano kun me encontró y nos reunió antes de que mi depresión me consumiera Karma—Decía, antes de devorar una porción de arroz más grande que un puño.

Karma la miró por un momento, pareciendo pensar en algo para la preocupación de Nagisa.

—¿Sabes donde están mama y papa?

Layla se sobresaltó imperceptiblemente pero no lo suficiente como para que él no lo notara, mostrando una mirada incómoda y tensa por un momento que Nagisa vislumbró muy bien.

—No lo sé cielo, tal vez también fueron comprados por una mafia…

—Ya veo…—Dijo por lo bajo, luciendo desilusionado pero regresando a comer normalmente.

Layla suspira y levanta la mirada para ver a Asano y a Nagisa.

—Solíamos ser un clan—Empieza, llamando la atención del par que le dedicó su entera atención—un pueblo humilde y oculto en el bosque. No éramos más de diez, a veces era duro, pero nos sentíamos libres y eso era suficiente. Pero una noche todo terminó, unos humanos de negro nos atacaron y tuvimos que luchar—Layla suspiró contra la copa de jugo, viendo el reflejo de sus ojos en el líquido, Nagisa miraba a Karma de soslayo quien no mostraba interés alguno en lo que decía la mujer.

Quizás porque era repetir lo que ya sabía.

—Nosotros éramos más fuertes, pero ellos eran muchos, con sus armas con tranquilizantes fuimos cayendo de uno por uno. Cuando desperté estaba en una jaula con el resto de mujeres de mi clan, estábamos atadas y desorientadas, con las fuerzas reducidas. En frente de una gran multitud de personas con mascaras, con luces en el techo y cortinas rojas, la voz de alguien nos describía y nos ponía un precio para que el resto de personas lo fuera aumentando.

—Una subasta…—Dijo Asano por lo bajo, Nagisa tomó un gran trago de jugo intentando quitar el nudo en su garganta.

—Pasó mucho tiempo, y no sé del paradero de mi gente, sólo cavé un hoyo en la arena de la playa y recé una oración como dicta la tradición de mi pueblo.

—Lo siento—Dice Nagisa con un semblante de empatía, la mujer sonríe rotamente.

—Está bien, gracias a ustedes dos, ahora sé que no todos los humanos son malos.

Asano asintió y Nagisa mantuvo el silencio con la vista en la ensalada, meditativo. Su instinto y experiencia nunca le fallaban.

Layla ocultaba algo.

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Asano y Nagisa apenas lograron terminar parte de sus platos correspondientes, pero afortunadamente entre Karma y Layla devoraron el resto de alimentos sin dejar ningún desperdicio. De tal palo tal astilla.

Tras recoger los platos y lavarlos, Layla notó las luces de su salón apagadas, vio a Karma profundamente dormido en el sofá arropado con una chaqueta gris. Su mirada se volvió distante y pensativa mientras acariciaba la melena roja.

Un escalofrío recorrió su espalda, su cuerpo lo percibió, como un cambio o la aparición de algo que antes no estaba allí.

La edad y la discapacidad en su pierna no le han quitado los instintos de supervivencia y los reflejos ante el peligro cercano. Se volteó rápidamente, encarando la silueta oscura y los ojos azules brillando en la oscuridad.

—Soy yo, Nagisa Shiota, lamento asustarla—Dijo, pero la mujer no podía relajarse del todo.

—¿Qué estás haciendo? ¿Y Asano kun?—Pregunta, sin dejar de mantener la guardia alta.

—El tuvo que irse y me pidió que lo disculpara, yo en cambio quiero hablar con usted antes de pensar en irme—Dijo con su voz serena, sin reaccionar a la figura de alerta de la mujer.

—¿Hablar? ¿De qué?

—Vallamos afuera, no quiero despertar a Karma—Dijo, la mujer se limitó a seguirlo como si fuera su casa y no la de ella.

El atardecer se divisaba y las olas golpeaban la orilla, Nagisa se puso de pie junto a la puerta observando a Layla sentada en los escalones con la mirada perdida.

—¿Oculto algo?—Repetía ella, el menor se mantuvo en silencio expectante a que continuara—no dije ni una mentira.

—Pero no toda la verdad, referente a los padres de Karma—Dijo, y fue ella la que se mantuvo en silencio.

—Fue lo que me llevó a mi depresión—Empezaba con cierto cansancio y melancolía—su madre, mi hija, fue vendida junto conmigo a la misma mafia. Fuimos usadas de entretenimiento en una competencia de pelea, “Gladiadores”. Nos enfrentábamos a muerte con los nuestros.

Nagisa percibía el estrés en la mujer, quien bajó la mirada a su regazo.

—Los yatos tenemos este instinto en la sangre, al que llamamos “último aliento” que se activa cuando el dolor supera la cordura, y nos convertimos en lo que ustedes llaman “máquinas de matar”. En eso consistían las competencias, si sobrevivías al combate y al desgate tanto físico como emocional que hace el último aliento, te dejaban descansar un tiempo, para luego regresar a la arena y a la sangre.

Nagisa volteó a su espalda un momento, asegurándose de que ninguna melena roja estuviera cerca. Layla siguió hablando.

—Mi última pelea no salió bien, mi contrincante causó fracturas graves en mi pierna—Abrió el encaje de su kimono para mostrar a Nagisa la cicatriz en su extremidad—ahora no puedo caminar sin mi bastón. Así que mi hija tomó mi lugar en la siguiente pelea—una sonrisa suave se situó en sus labios ante la imagen en su mente—ella era astuta, hacía tratos antes de sus peleas para buscar información de su esposo e hijo. Pero esa vez no le habían dicho nada de su contrincante.

Nagisa se percató de la lágrima que bajó por la mejilla de la mujer, pero aún así no la detuvo. Porque sabía que ella necesitaba ser escuchada.

—Nuestros compradores supieron de sus artimañas en cada pelea, así que eligieron al contrincante que le daría el castigo que ellos deseaban. Su esposo.

Nagisa apretó los labios, el nudo en su garganta se volvió más denso a la vez que la voz de Layla se volvía más quebrada.

—Él estaba irreconocible, lo habían torturado para obligarlo a entrar en el último aliento. Las palabras de mi hija no le llegaron, nada lo hacía entrar en razón. Aún recuerdo el bullicio y los gritos de emoción cada que él la golpeaba. Cuando la pelea terminó ella dejó de moverse y yo me derrumbé, no sé que le sucedió a Damien, el padre de Karma, pero si se enteró de lo que le hizo a la mujer que amaba no creo que pudiera seguir viviendo.

—¿Cómo es que tú sobreviviste?—Dice con voz suave, pues hasta ahora la mujer le había dicho toda la verdad y al menos merecía su empatía.

—Mi discapacidad me dejó obsoleta, me desecharon en un basurero y estuve andando sola durante no sé cuánto tiempo. Asano kun me encontró, y distinguió mi raza en seguida. Eso es todo.

La mujer se puso de pie, y se giró a ver Nagisa con un brillo de decisión en los ojos.

—Los yatos tenemos la pelea en las venas, es parte de nosotros. Pero más que herir a un contrincante, necesitamos la compañía de un ser querido—Se abrazó a sí misma en un gesto confort y alivio—cuando vi morir a mi hija creí que eso era todo, me di por muerta. Pero el destino me dio otra oportunidad trayendo a Karma ante mí, no sé lo que estés pensando de mí, Nagisa Shiota—con eso le decía que se había percatado de su desconfianza, no desde que la acechó en el salón, sino desde su llegada, pero eso aún así no la hacía dudar—pero lo que me queda de vida lo dedicaré a su crianza y felicidad. Él más que nadie merece ser feliz.

Y Nagisa no podía estar más de acuerdo.

Pero aún así…

Es amargo.

Continuará…

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